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La Insuficiencia Cardíaca (IC) se puede definir, desde una perspectiva clínica como un síndrome complejo, caracterizado por anomalías de la función ventricular y de la regulación neurohormonal, que se acompaña de intolerancia al ejercicio, retención de líquidos y reducción de la longevidad.
Se trata de una patología de gravedad progresiva y letal a su libre evolución, causada en más de tres cuartas partes de los casos por el daño que la cardiopatía isquémica y/o la hipertensión arterial (HTA) mantenida ejercen sobre el músculo cardíaco, daño que puede pasar inadvertido clínicamente en sus fases iniciales. Una vez se ha instaurado el déficit contráctil como consecuencia de la lesión miocárdica, se ponen en marcha una serie de mecanismos compensadores que inicialmente tienden a mantener el gasto cardíaco, pero de igual forma, y a más largo plazo, aceleran el deterioro del músculo cardíaco y provocan signos y síntomas progresivamente más graves de congestión circulatoria y bajo gasto cardíaco.
En estos últimos años, la IC se ha revelado como un problema de salud pública cada vez más frecuente, tanto por el incremento progresivo en su incidencia como por las grandes repercusiones de tipo personal, social y económico que supone y supondrá en un futuro cercano (1). Se estima que la prevalencia de la IC en los países desarrollados puede alcanzar el 1-2 % de la población adulta (2), afectando especialmente a aquellas poblaciones más envejecidas (hasta el 10% en mayores de 75 años), siendo previsible por tanto, y en relación directa con el aumento en la expectativa de vida y con la mayor supervivencia de los pacientes con cardiopatías, un incremento progresivo e imparable de su prevalencia. Asimismo, y si consideramos que la mayor parte de la información epidemiológica de la que disponemos se basa en pacientes sintomáticos, desconocemos la prevalencia real puesto que no contamos con los numerosos casos de disfunción ventricular sistólica asintomática que en un período de tiempo indeterminado progresarán a IC clínica. En este sentido, recientemente se ha sugerido que la prevalencia de disfunción sistólica ventricular izquierda asintomática detectada mediante ecocardiografía en estudios no seleccionados de población, es similar a la de la IC sintomática (2).
Lo cierto es que en la actualidad en España, al igual que en nuestro entorno europeo, la IC es la causa principal de hospitalización en pacientes de más de 65 años (3). En Galicia, la IC es asimismo la primera causa de hospitalización en el grupo de personas mayores de 65 años y el número de ingresos ha crecido de forma espectacular durante el período comprendido entre los años 1986 y 1995 (4); en 1986 hubo 1408 altas por IC, número que progresivamente se ha ido incrementando y en 1995 alcanzó la cifra de 4732, lo que supone un incremento del 236%, frente a un incremento de “solamente” el 93% para las altas por cardiopatía isquémica en ese mismo período de tiempo.
Parámetros similares manejamos en nuestro entorno más cercano puesto que en el Complejo Hospitalario Juan Canalejo de la ciudad de A Coruña (5), del total de 1202 pacientes dados de alta con el diagnóstico de IC desde el 1 de Enero de 1995 al 30 de Junio de 1996, el 76% fueron mayores de 65 años, con un dato altamente preocupante, ya que la proporción global de reingresos ronda el 25% anual. Estos datos confirman también en nuestro medio, el aumento progresivo de la prevalencia de esta patología y de la demanda asistencial, así como de los recursos económicos que genera, que se estiman entre el 1 y 2% del coste sanitario total en los países desarrollados (2).
Además de una elevada morbilidad, el pronóstico relacionado con la IC es extremadamente malo debido a las altas cifras de fallecimientos, tanto por progresión de la IC como por muerte súbita. Como se mencionaba con anterioridad la IC es una enfermedad con un curso progresivo y letal, comparable al que presentan muchas enfermedades neoplásicas, con una reducción de la supervivencia que se correlaciona directamente con el grado de deterioro de la función cardíaca. Así, una vez establecido el diagnóstico de IC la supervivencia a los 5 años es menor del 60% (6) y, como dato relevante, entre un 25 y un 50% de los pacientes fallecen, a lo largo de su evolución, de forma súbita.
En los últimos años, las evidencias científicas obtenidas en gran medida de los ensayos clínicos, han proporcionado un conocimiento más profundo de los mecanismos que intervienen en la IC y han demostrado la posibilidad de retrasar la evolución de la enfermedad mediante enfoques terapéuticos basados en las modificaciones conceptuales que se han producido en la fisiopatología de este síndrome. Como consecuencia de la enorme importancia que está alcanzando la IC y de la rápida adquisición de conocimientos sobre la enfermedad, se han desarrollado por parte de diversas sociedades científicas de ámbito nacional e internacional varias guías de consenso (7,8,9,10) con el fin de mantener la mayor uniformidad y rigor científico en el manejo, diagnóstico y terapéutico, de los pacientes con este síndrome.
Finalmente, y como consecuencia de todos los aspectos epidemiológicos, clínicos, sociales, económicos y pronósticos anteriormente mencionados, el manejo del paciente con IC se ha convertido necesariamente en el campo de trabajo de multitud de profesionales sanitarios y no sanitarios entre los que se incluyen médicos de atención primaria, especialistas en hospitalización domiciliaria, internistas, cardiólogos, geriatras, ATS, asistentes sociales, fisioterapeutas, epidemiólogos, economistas, etc. Esta afirmación se ve corroborada si analizamos en el ámbito hospitalario y desde un punto de vista estadístico, el significado asistencial que la IC supone entre los distintos Servicios médicos del Hospital Juan Canalejo, en el cual, el 80% de los ingresos por IC se producen en los Servicios de Medicina Interna, lo que supone a su vez, entre el 8 y 15% del total de sus ingresos (5).
| Nuestra intención con este documento no es simplemente plasmar un mero resumen de los conocimientos actuales sobre la IC basados en las evidencias científicas, sino elaborar unas guías, circuitos y consejos que ponemos a disposición del paciente y de todos los profesionales que de una u otra forma atienden la IC en alguno de sus aspectos, con el fin de impulsar un cuidado integral y continuo del enfermo, disminuir la variabilidad en la atención médica y promover un cuidado más consistente, seguro, eficaz y económico. |
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